La palabra de Emily
La nariz picuda de Alfred detuvo la caída de los lentes que resbalaron desde su gran frente; s in embargo y a pesar de su visión cansada ya había sido sorprendido al leer las letras de cabeza en las fichas de la mesa que darían a su nieta la victoria en ese viejo juego pero nuevo para ella porque aprendió a jugarlo ¡hace solo unos minutos! El calvo anciano fue vencido por 56 puntos contra 21 en su propia cancha mientras la niña, la nena, la bebé miraba a los adultos mayores con sus ojos curiosos y una sonrisa franca de quien no le importaba “perder” porque aún no aprendía el concepto de “ganar”. El Elder’s Club de Nueva York llevaba más de tres décadas frecuentado por señores empresarios forzados al retiro que mataban sus largas tardes de bancarrota por la “gran depresión”. El juego que Mosher inventó no era ninguna novedad en las mesas de esa estancia, pero los viejos amigos se arremolinaron en torno a la inusual visitante, la partida había sido extrañamente corta y el movimiento fina...