El casco.


Las armaduras del antiguo juego de pelota les quedaban grandes a todos, pero el ridículo era parejo así que pronto se acostumbraron a mirar a través de los cascos robados del gimnasio universitario y ya lograban saber a quien tenían enfrente, luego fueron reconociendo las siluetas y entonces pudieron empezar a actuar como tropa. 

Volker actuaba como un verdadero mariscal de campo haciendo realidad las estrategias de las mujeres que tenían un mejor panorama del devastado centro de investigación. ¿Realmente protegería ese equipo de plástico a su improvisado ejército contra cualquier arma que pudieran tener los especialistas de la RCN? ¡Estaban dispuestos a morir! ya que les habían quitado todo lo valioso que podían tener: huérfanos y sin registros oficiales, prófugos naturalistas cuyo único pecado era el pensamiento diferente, no el que presumía el racista gobierno de Ciudad Capital sino la alternativa con toda su gran variedad de opciones. 

El teutón no pensaba tanto, su mente había sido cargada con el plan cuya discusión ya había resuelto la vía del menor esfuerzo, el mayor impacto de la acción y el riesgo mínimo. Tomar el viejo instituto de arte donde nacieron las premisas del Movimiento Natural sería el acto simbólico perfecto para llevar un mensaje a todas las células desorganizadas de este nuevo gran cuerpo humano que pondría -en teoria- fin a la deshumanización y la vulgaridad del régimen especialista. Se acomodó la hombrera derecha, alineó el casco una vez más y gritó fuertemente mientras corría de frente al edificio de rectoría por la calle principal del campus, haciendo que todos sus seguidores se desplegaran por las banquetas, entre los árboles y hasta los edificios vacíos de estudiantes pero amagado de “especialistas”: pelones en dryfit por decreto gubernamental.

@mikealex_aldana

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