Harto
H. M. Uzías se sentía incómodo la mayoría de las veces y aunque no declaraba, si que demostraba su malestar.
Hablaba con arrogancia y usaba el lenguaje como un juego de esgrima para someter a los demás en una especie de duelo ideológico donde las referencias históricas se mezclaban con las científicas y cruzaban el intercambio de sarcasmos, puyas y descaradas burlas. Su forma despectiva de hablarle a la gente provenía de un severo complejo de inferioridad que acuñó durante años por ver equidistantes sus relaciones económicas y culturales. La inmovilidad social que todo El Valle había presentado durante siglos apenas logró cambiar un poco con la llegada del especialismo, las diferencias étnicas fueron borradas por la vía de la homogeneidad formal habria nuevos lanzamientos espaciales y ello podría dejar espacios vacíos en la gran pirámide humana que ocupaba la artificial Ciudad Capital.
Uzías no era ningún especialista pero vestía y hablaba como ellos: despreocupado y frío sin comprometer su juicio con ninguna cosa, aprendió a mantenerse inexpresivo e insatisfecho porque esperaba ocupar la siguiente casilla en el tablero, con ansias deseaba que desaparecieran algunos capitalinos para escalar y llegar más cerca de los verdaderos especialistas, disfrutar de sus beneficios, jactarse de sus privilegios. Pero la gran estructura de gente difícilmente sufría un colapso inesperado, cuando alguien se retiraba del juego ya había aspirantes ilusionados por la oportunidad. Por eso H.G. odiaba la Ciudad que tanto amaba, porque él era solo un calvo más, uno moreno por cierto.
@mikealex_aldana

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