La leyenda II - Ipso Napkin
Nohai bajó la mirada y cerró los ojos con fuerza tratando de resistir ese incómodo recuerdo de su niñez que relataba su madre recién reencontrada.
-“...Las tres pudimos ver por una fracción de segundo que un pequeño grupo de nuestra gente había sido sometida por unos hombres ¡los despojaron de sus pertenencias y los habían aprehendido!... En un instante las tres dimos un salto atrás para embarrarnos en la pared blanca ocultas a la vuelta del pasillo... aguantamos la respiración en un silencio que era vital. Mis manos oprimían a ambas niñas justo en el pecho y sentí sus pequeños corazones morir de miedo.”
Mientras hablaba Qusy las manos de todas las mujeres eran puños de nervios.
-“...Con un valor que nunca antes había sentido me asomé por un segundo vistazo y vi algo que nunca olvidaré: Aunque los prisioneros parecían estar sin daño, uno que mostraba con su ropa desgarrada la evidencia de forcejeo, era un hombre rubio de lentes y pelo corto que se doblaba de dolor. Tres hombres calvos que usaban uniformes deportivos azules entallados le hacían ver en la pantalla un mapa donde les debía señalar un punto.”
-“¿Qué querían los calvos?” Preguntó ansiosa Almira.
-“A pesar de la voz baja de los especialistas pude entender que al joven le pidieron la ubicación de la célula de “naturales”.
Cerré los ojos con fuerza, me calmé y tomé aliento, al abrirlos descubrí al calvo de gris desde el vestíbulo haciéndome señas de silencio y me pedía con insistencia volver al vestíbulo. Era obviamente la única opción y después de unos pasos de reversa las tres caminamos de puntillas rumbo a la salida. No tuve valor para voltear atrás, estaba confundida, asustada ¿que estaba pasando? ¿Quienes eran esos pelones? ¿Por qué estaban uniformados? ¿Quien era ese joven prisionero? Después habria respuestas, pero en ese momento solo decidí confiar en el calvo del traje gris que ya estaba en el vestíbulo deteniendo el elevador que intentaba cerrarse. Él agitaba la mano para apurarnos pero nuestros pasitos llevaban el ritmo del silencio absoluto. Entranos al ascensor, primero Giselle, luego Nohai y yo al final, nunca vi unas puertas cerrarse tan lentamente. Nervioso, nuestro salvador tocó un botón invisible en la pared blanca del ascensor. Obviamente la máquina estaba diseñada para dejar subir a los visitantes pero no para dejarlos bajar. “Me llamo Ipsocratos Napkin y no soy especialista, soy natural pero me he infiltrado.”
@mikealex_aldana

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