La nena de colores

El camión pipa era amenazador, una mole de metal oscuro con pesados aditamentos para usarse como ariete en caso de barricadas, los tres equipos de asalto pudieron constatar que había en cada punto cardinal un especialista de piel oscura armado con un robusto rifle de alta tecnología custodiando el preciado líquido.

Destilada por medios artificiales del rocío de los invernaderos especialistas, el agua de Ciudad Capital cada vez era más escasa, cada vez era traída de más lejos, cada vez era más caro el sistema artificial de producción y cómo todo en el especialismo, también crecía la demanda.

Pero esta ocasión las células estaban alertadas de la ruta, los horarios y otros pormenores del tráfico hídrico. Se preguntaban si las  armas improvisadas en la guerrilla suburbana serían suficientes para tomar aquel camión para restituir al menos en pequeña medida el orden natural de las cosas.


Xóchitl Ten era uno de los cuatro guardias de la pipa, asignada para caminar junto a la mole durante todo el traslado por el lado norte, fue la primera en hacer contacto visual con los habitantes de esta aldea ficticia que montaron las células de Puerto Wised para encubrir las operaciones del movimiento natural. 

Xóchitl escribía un diario con sus jornadas de trabajo fuera de Capital porque el reportar los pormenores de los viajes era parte de su especialidad. Ellos, los especialistas que salían al Valle del Niyodú, sabían más que nadie que eran mentiras las historias sobre los humanos monstruosos con que asustaban a los niños capitalinos. La vida era dura fuera del sistema de ciudades-estado pero esta gente se veía libre, podría decirse que eran felices, lo que era difícil de asimilar para cualquier especialista era cómo podían vivir entre las ruinas de la civilización pre-conflicto sin la seguridad que daba el controlado sistema, sin la comodidad que tenían todos en Ciudad Capital . 


Todo eso pensaba Xóchitl cuando apuntó con su arma a una nena morena que tenía en mano varias sandalias de hule que traía de las orillas del gran Río Duevo. Podía verse que con ellas la familia tejía amplios paños con los que construían las viviendas de la aldea de colores que estaban cruzando en incómodo silencio, también la ropa de la nena salvaje era tejida de suaves y coloridos materiales imperecederos que desechaba la sociedad especialista del altiplano. “Todo va a dar al mar” rezaba uno de los viejos adagios del inicio del movimiento natural. 


La soldado sonríe a la nena y le indica que guarde silencio, la pequeña salvaje no tiene miedo de los especialistas, no sabe para qué es el carro pipa y no conoce el efecto de la pesada arma de Xóchitl, la guerra contra la naturaleza tiene momentos de tensa calma donde la humanidad en todo el planeta Interactúa con respeto y distancia pero también con indiferencia, con mutua ignorancia. Caminando sin detenerse, la soldado Xóchitl se despidió de la nena vestida de plásticos con un guiño y un nudo en la garganta.


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